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Umbral, relámpago y notario

La segunda jornada en recuerdo al escritor Francisco Umbral, fallecido hace 10 años, dio la palabras a colegas y amigos como Antonio Lucas, Manuel Llorente, Ymelda Navajo o Ángel Antonio Herrera.

​En la segunda jornada del homenaje a Francisco Umbral organizado por la Biblioteca Nacional y la Fundación que lleva su nombre con motivo de los 10 años de su muerte, los especialistas dieron paso a los editores, creadores y periodistas para explorar otras facetas del escritor poliédrico, de obra inmensa y biografía esquiva. Moderados por Manuel Llorente, redactor jefe de la sección de Cultura de EL MUNDO y patrono de la Fundación Francisco Umbral, intervinieron en la mesa redonda Ymelda Navajo, editora de una veintena de los libros del maestro y ahora directora de La Esfera de los Libros; el periodista, escritor y también editor Juan Cruz; el periodista y poeta Ángel Antonio Herrera, autor de una biografía sobre Umbral; y Antonio Lucas, igualmente poeta, periodista cultural y articulista en este diario.


Ymelda Navajo volvió la mirada a sus años de editora del autor de 'Mortal y rosa'. Aquel Umbral es, en su experiencia de 40 años, «el escritor más riguroso y trabajador» que ha conocido, tan profesional y autónomo que, a diferencia de otros muchos, «no necesitaba de la figura del editor». En lo personal, además, fue «uno de los afables y cariñosos» con los que le haya tocado en suerte trabajar. Para la directora de La Esfera, Umbral era un maestro en el uso de la metáfora y la adjetivación insólita, en la estela de Josep Pla. Aunque ansioso por recibir unos ingresos fijos al mes a cambio de las obras comprometidas, el escritor creaba sin embargo «lo que necesitaba» y entregaba en ocasiones hasta cuatro libros en un año, todos impecables y chispeantes.


Tal era la brillantez formal de sus textos, se maliciaba Umbral y comparte Navajo, que «muchos alababan su estilo con el propósito encubierto de matar el contenido», las maldades que asomaban y saltaban de entre las codiciadas negritas. María España, la viuda del autor, terció en el acto para dar fe de muchos anhelos por figurar en una columna de su marido, como el de Joaquín Sabina que escribió una canción después de ser mencionado por primera vez en una de ellas.


Juan Cruz afirmó que los artículos de Umbral eran, en efecto, «sinfonías de personas», expresiones en el fondo de un deseo de proximidad que el novelista acometía a su particular manera: «Te buscaba aunque parecía rehuirte», según el periodista de El País y ex director de la editorial Alfaguara. Cruz veía en Umbral «un periodista excepcional sin redactor jefe» que lo tutelase, alguien capaz de convertir la Transición en un género en sí mismo y de «salvar a los ojos de los lectores a los monstruos del tardofranquismo» (Fraga, Suárez) redimiéndolos como personajes de su columna junto con los nombres frívolos de la farándula. El periodista percibe tras el Umbral novelista y cronista al poeta embozado, en pos siempre de la palabra precisa, y entristecido por la vida, «en permanente estado de reconstrucción» de las múltiples facetas que lo conformaban.Ángel Antonio Herrera quiso rescatar también al Umbral que poseía «el relámpago del poeta», aunque acertara a expresarlo más en la prosa (como Cervantes y Unamuno, se sentía mal poeta), así como su condición de «gran lector de poemas», un territorio literario al que dedicaba las más de sus horas de lectura, como confirma María España.


Para Antonio Lucas, que se confiesa víctima en su día –como muchos otros– del «veneno excesivo» que contiene la obra umbraliana para el lector joven, el autor de Un ser de lejanías fue «el mejor escritor de periódicos del siglo XX» (célebres antecedentes incluidos) y, en particular, el notario más exhaustivo, a su manera poética, de la Transición, capaz de abordar cualquier tema, comenzando por la política, desde una «tercera vía», la de la estupefacción, ajena a las dicotomías tan del gusto de los españoles.


Como Herrera, Lucas opina que Umbral llevó la crítica de poesía a cimas nunca holladas con posterioridad, y reivindica también su labor como descubridor de talentos desconocidos en ese campo. Siendo un autor tan prolífico (más de 100 litros) como afecto a reventar las barreras entre géneros, Umbral podría parecer un novelista que no sabía escribir buenas novelas. Antonio Lucas sostiene que nuestro hombre supo valerse de esa «negación» para «hacer de la novela un género diferente, propio». Y remata: «La gran novela que se esperaba de Umbral es la sucesión de sus novelas colocadas una detrás de otra».