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Homenaje a Raúl del Pozo

El columnista de EL MUNDO fue aclamado este jueves por estudiantes de Periodismo en la Facultad de la Complutense y por un puñado de amigos: de Pérez-Reverte y José María García a Antonio Lucas.

​"En el diario Pueblo me mandaban a veces a hacer color tras las corridas de toros. Solía ir al hotel Wellington a preguntar a los toreros y una tarde me encontré allí con Orson Welles.

– ¿Qué le ha parecido El Cordobés? –le pregunté.

– Magnífico, conecta con la sensibilidad contemporánea. Pero tómate una copa.

– No, que me tengo que ir al periódico a escribir.

– Pues vete y luego vuelve.

Y en un aparte le pregunté a Cercadillo, que trabajaba en el periódico.

– ¿Éste entiende?

– No, qué va. Si se ha tirado a Rita Hayworth.

– Ah, bueno.

Fui al periódico, volví y pasé una noche maravillosa con Welles. Fuimos de tarbernas y hablamos mucho, me preguntaba por Franco... Tomaba vino caliente.

Lo que quiero decir: el periodismo permite a un aldeano de Cuenca que ha llegado a Madrid, conocer hasta a un Orson Welles".

Esto lo contó este jueves Raúl del Pozo en el salón de actos de la Facultad de Periodismo de la Universidad Complutense, donde un grupo de amigos recordó anécdotas y le abrazó: desde Arturo Pérez-Reverte a José María García, desde Carmen Rigalt, Antonio Lucas, Carlos Alsina y Jorge Bustos a Edu Galán. Y el aforo, lleno.

Raúl del Pozo (25 de diciembre de 1936, La Torre, Cuenca) se estrenó en el diario Pueblo de Emilio Romero con un reportaje sobre las ratas, que invadían el subsuelo de Madrid. Se metió en las cloacas con un grupo de poceros de Cuenca a las cinco de la mañana con unas botas de agua tras atizarse un carajillo. El reportaje se tituló Madrid, amenazada por las ratas. Gustó tanto al staff del periódico que allí se quedó. Hasta allí le había llevado José María García, que también le dejó dinero: "Raúl era un rojo caviar al que le gustaban los chiringuitos de jugar. Y nunca ha sido jefe, lo que dice mucho a su favor".

"Yo me acuerdo de sus entradillas, que eran una pirueta literaria. Las palabras de Raúl estaban escritas con la tripa", reocordó Carmen Rigalt, que también estuvo allí.

El acto fue un carrusel trepidante de recuerdos. Raúl no paró de dar titulares:

– Vales lo que vas a escribir mañana.

– Quiero ser el mejor para ser uno de tantos.

– Escribir me acerca a los dioses. Te permite estar al lado del faraón.

– Me han gustado tanto las palabras como los números de la ruleta.

– Entonces nadie quería ser un caballero.

– Ahora es imposible sorprender.

– Hoy puedes montar en tu casa el New York Times.

– Aprecer en la primera página era como tocar el cielo.

Y cuando lo conseguía se iba a El comunista, un restaurante de comida casera detrás del Gijón a celebrarlo. "Moría un albañil, íbamos a su casa y mientras hablábamos con la viuda el fotógrafo robaba una imagen del muerto en la mili".

Raúl también fue guionista de Jesús Quintero, El loco de la colina, y trabajó en una serie de televisión con Lola Flores. "Era ludópata como yo, y cuando se nos acababa el dinero en el Casino de Torrelodones daba sablazos a la gente: 'Déjeme mil durillos'. Ella decía que los artistas vivían como los ricos pero no lo eran; pues lo mismo pasa con los periodistas. Sólo limpiamos los cristales de los palacios donde está la corrupción".

Raúl estuvo de corresponsal en Moscú, donde "comían con coñac y bebían un champán búlgaro horroroso. No aprendí ruso, claro". Tampoco aprendió inglés en Londres, pero eso no le impidió conocer China y Corea. "Aprendí algo de latín con un cura, don Agustín, pero se me olvidó". Y trabajó en la radio en París: "Estuve en el último concierto de Édith Piaf y entrevisté a Sartre. Y he acompañado a tres presidentes durante las elecciones".

Decenas de estudiantes seguían en silencio y embobados la singladura de Raúl, nadie respiraba. "Es la última profesión romántica. El periodismo como lo conocí se está acabando. Ahora los periódicos son como clínicas. Empecé en el periódico Ofensiva de Cuenca, donde no me pagaban. Ya en Madrid nos íbamos de las pensiones sin pagar y acudíamos a los baños de los grandes cines a asearanos. Entonces el Café Gijón era nuestro cuarto de estar. Allí conocí a Berlanga y a los poetas que quedaban de la Generación del 27, a Carlos Oroza y a Sandra, que era hija de Negrín. Cuando llegaba alguien que no la conocía y le preguntaban si también era una intelectual, ella respondía: "No, yo soy puta". Y Alfonso el cerillero, que nos prestaba dinero. A las tres de la tarde en el Gijón había tres poetas, dos o tres jueces, generales y varios chorizos de la ciudad".

El acto fue algo parecido a unas memorias que Raúl, por ahora, se empeña en no escribir y que era la comidilla de la mañana. Raúl estaba a gusto, cortado pero también agradecido. Surgió pasadas las once y media Carlos Alsina, micrófono en ristre, y arrancó en directo unas palabras del homenajeado para su programa de Onda Cero. Luego, ya sentado, reveló que Raúl llega media hora antes a su intervención de los viernes (8.15 h), "nervioso y haciendo gestos. Raúl hace literatura a la vez que habla. No es un gran locutor pero eso le convierte, precisamente, en genuino. Cuando se va, me digo qué bien lo ha hecho".

Alsina le comentó que no entendía cómo le podía preocupar, con su oficio, que en las redes sociales se metieran con él: "No lo puedo evitar. Te machacan, te pasean. Están llenas de psicópatas que te hacen la vida imposible".

Raúl del Pozo bautizó hace ya años a Antonio Lucas como "el príncipe de los poetas" y éste dijo que Raúl, como Sinatra, no vende voz sino estilo. "Es supersticioso como los gitanos y rechaza los elogios como los budistas. Raúl es más de instinto que académico". Y agregó: "Los clásicos latinos los has hecho tuyos".

Fue Lucas quien anunció que habría una sorpresa, y la hubo: apareció otro de los secuaces de Raúl, Arturo Pérez-Reverte. Abrazo con estrépito. "Raúl se ha ido haciendo solo, sin profesores". Y se volvió a la época de Pueblo. "Al contrario que Arturo", señaló Raúl, "cuando había guerra yo iba tarde al periódico, no sea que me tocara". Pérez-Reverte no falla en la cena mensual de Lucio donde se juntan Antonio Lucas, David Gistau, Manuel Jabois, el propio Raúl y Edu Galán, que incendió al auditorio. Para recomendar a los estudiantes reunidos que debían salir, moverse, buscarse la vida, recordó que un grupo de amigas en una noche fría de Valladolid, tras dudarlo, decidieron dar una vuelta. "Una de ellas se tiró a Brad Pitt, que estaba en la Seminci. ¡Se lo folló porque salieron!".

Jorge Bustos, jefe de Opinión de EL MUNDO, apuntó que Raúl "es un clásico andante, que dispara balas metafóricas en sus columnas". "Algunos políticos me llaman por si puedo influir para que salgan en sus negritas... No es un columnista de batín. Aún le preocupa ser entendido por los lectores y cuando recibe críticas incluso se plantea si se ha equivocado", precisó.

Entre los asistentes estaba Aquiles Tuero, que le llevó a Silos, y Ulises, el dibujante de este diario que le acompaña en la última. Y admiradores anónimos, como Andrés Rodríguez Mayo, amigo desde hace 55 años y que contagió el veneno de Raúl a dos pintores, Ángel Orcajo y Rufino. Ninguno falló.

El rector de la Complutense le entregó una placa, pero en la librería de la facultad no había ningún libro de Raúl. Se habrían acabado.