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Miquel Navarro, el poder que pincha

El artista invitado por EL MUNDO para el 'stand' del diario en la Feria de ARCO ha creado un espacio de 'Poder y deseo' con esculturas que reivindican la sexualidad entendida a su manera.

Observar a Miquel Navarro (Mislata, Valencia, 1945) es contraponer emociones. Es desear mientras duele, es pincharse si no mantienes una distancia de seguridad prudente. Y es difícil no acercarse. Su obra no refleja nada y lo muestra todo. No sugiere, impone. Contiene la fuerza del valenciano y toda su delicadeza. 
"No me gusta dar pistas sobre el porqué de mi trabajo, creo que si lo hago lo estoy poniendo muy fácil. Esto no se escribe, no es literatura, esto hay que verlo y que cada uno mire desde su punto de vista", dice ante una de sus esculturas en el stand de EL MUNDO en la Feria de ARCO de Madrid, que celebra su 35º edición.  
Un espacio que ha llenado de pinchos: de cactus en las paredes y pinchas en el suelo. "Se llama Poder y Deseo, pero puede ser también dolor, pasión... Hay artistas más políticos, yo soy más sentimental", asegura. Aunque en su conjunto de esculturas nos muestra dos poderes, uno vertical representado en un inmenso y solitario pico, y otro, horizontal, con decenas de ellos en pequeñito.  
Sus cactus, los que plasma en estos lienzos, son los del patio de su casa. Los del pequeño pueblo valenciano en el que lleva viviendo toda la vida y a donde, por muchas ofertas de estudios estadounidenses que le hagan, siempre regresa. "He viajado mucho por mis exposiciones pero siempre me gusta estar ahí. Me ofrecieron irme un par de veces, eran grandes propuestas, pero mi madre no tenía edad para el viento de San Francisco".  
Ni el pueblo ni la sexualidad, entendida a su manera y constantemente reivindicada, desaparecen de su imaginario. Está claro qué representan, dos de las esculturas de este stand, solo al ver su forma cilíndrica. "Está muy presente en mi trabajo, revelar cómo lo veo yo. Algo que antes no se comprendía del todo y que ha provocado que algunas personas no se sintieran interesadas por esta parte de mi obra. Creo que ahora eso ha cambiado", confiesa.  
También uno de los lienzos, un fósil rosa que es una mujer. Y el resto en Klein. "Este azul me encanta, es una tinta que compro en Alemania y que es poco utilizada. Da fuerza. Todas estas plantas las llevo regando años". Todas las que aparecen le pinchan cuando sale al patio de Mislata y le llevan a otro tiempo. "Como dije en mi discurso al entrar en la Academia de Bellas Artes, la infancia es esencial en la obra de un artista. Al final todos nos parecemos mucho".  
Esta muestra que ha traído a ARCO lleva tiempo esperando. "Ninguna de estas obras se han hecho específicamente para este espacio, pero sí que son inéditas. Cuando me lo propusieron, pensé en la gran escultura de pinchos para el centro y los lienzos de cactus para las paredes", dice. Ha puesto una línea de seguridad en el suelo, por si acaso, pero todo el mundo se la salta. Los pinchos parecen magnéticos. "El del centro, el grande, parece un poco una nave para ir al espacio. Los cactus siempre me han parecido, también, algo de otro planeta".  
Así, con esa sensación de calor, de vértigo y de extrañeza que provoca, Navarro lleva creando puntos de encuentro toda su vida. Personaliza ciudades, genera tránsitos, levanta cabezas… Esculturas que viven en las calles de Valencia, Barcelona, Bruselas o Zaragoza.  
"Cuando he hecho esculturas para centros urbanos, nunca me fijaba ni hacia un estudio sobre la arquitectura que tenía alrededor. Pero es que yo primero hago la escultura y luego la dibujo. No sigo los pasos normales". Sus pasos, esos que le han llevado de Mislata a Nueva York o México, a la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando.      
 
Loreto Sánchez Seoane