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Prometeo pide fuego

El periodista Jorge Bustos, columnista de EL MUNDO, reúne en un libro sus textos sobre la melancolía de Occidente, el hedonismo sin placer y la resistencia al derrotismo intelectual.

​Con Jorge Bustos se puede estar más o menos de acuerdo o se puede no estar nada de acuerdo. En realidad, da igual. Lo que importa es que su equipaje es distinto al de cualquier otro escritor que ronde los periódicos en España. Esa mezcla de filología grecolatina, filosofía franco-greco-alemana, literatura jamás contemporánea y liberalismo político... Y todo aplicado al Parlamento, al Real Madrid y a la cosa-juvenil.

Para los que aún necesiten un manual de instrucciones, aquí está El hígado de Prometeo (Ediciones Nobel), un libro hecho de pequeños ensayos que también es un retrato del autor a través de la realidad que pretende explicar. Sus obsesiones, sus paradojas y sus fobias se pueden rastrear en 292 páginas, casi como el núcleo del ADN de una célula.

¿Intentamos esbozar una tesis? Bustos sostiene que el hombre, liberado de los dioses (y por eso lo de Prometeo), ha sucumbido a la melancolía, a la desgana y a la cursilería. Contra Dios vivíamos mejor. Para conjurar la tristeza, el autor nos llama ante la sagrada llama: hay una cosa llamada humanismo, nos susurra, una cosa llamada racionalismo, una cosa llamada arte... Hay incluso una cosa llamada Occidente y no deberíamos relativizar su valor por tristeza ni por narcisismo.

«La razón crítica construye el paradigma occidental, de eso no hay duda. Es parte del viaje del mito al logos, y ahí interviene la ironía, la desmitificación, el autoexamen sin componendas. Nada sagrado debe quedar intacto», explica Bustos.

«Otra cosa es lo que Steiner llama la ‘histeria penitencial’ del occidental posmoderno, que no se perdona la pertenencia a una tradición superior. Es hora de aflojar el cilicio, caballeros: somos europeos, colonizamos el Congo Belga, sí, pero también inventamos la penicilina, la democracia y las cantatas de Bach».

El hígado de Prometeo se puede leer también como un mito griego recauchutado: Prometeo robó y nos entregó la libertad pero, después, el diablo nos cambió la libertad por placer facilón. ¿Es así? ¿Hay una gotita de desconfianza puritana al placer?

«Esa duda la tenían resuelta los epicúreos. Epicuro no fue un invitador al desparrame sino un estratega moral, un hedonista con método, porque sabía que el placer sin control nos esclaviza. Mata la libertad. Quisiera que se leyera así esa desconfianza de lo sensual, que no quiere ser puritanismo beato sino virtus pagana. Por lo demás, predicar el pudor en tiempos de exhibicionismo es una divertida provocación, casi un malditismo invertido».

Otra palabra clave en la obra de Bustos: «humanismo», con sus viejas connotaciones cristianas. «Bueno, yo estudié Clásicas, y, para mí, ‘humanismo’ no evoca la línea editorial de un diario monárquico. Evoca a Lorenzo Valla, Marsilio Ficino, Luis Vives, Erasmo... Todos católicos y apasionados de la cultura grecolatina. Ese es el hilo del canon que aguanta siglos oscuros, renace, se fortalece bajo la Ilustración, alcanza su apogeo en la Viena de Zweig y es segado sin contemplaciones por los totalitarismos y adelgazado por la banalidad pokemon de esta cosa que tenemos ahora».

«El existencialismo», continúa Bustos, «también fue un humanismo, y era ateo. La razón intelectual de un marxista produjo aberraciones primarias, mientras que la ética sapiencial del humanismo dio a Montaigne, a Constant, a Orwell. Otra cosa es que muchos bobos mitómanos prefieran equivocarse con Sartre que acertar con Aron».

Lo bueno es que Bustos es un pesimista esperanzado. El hígado de Prometeo habla también de la resistencia, de esa persistencia en seguir leyendo papeles. «Hay una constante de inteligencia que nos esperanza». La inteligencia se convierte entonces en un gesto de rebeldía romántica.

​¿Pero no era el romanticismo el origen de nuestros problemas? «A mí me gustaría que se pusiera de moda la razón neoclásica, pero no tiene pinta. Pero tiene razón: romanticismo también es reivindicar la misión personal frente a las convenciones sociales, y si las convenciones las marca ahora Instagram y su furor gatuno, será honrosamente romántico resistirse a ello».