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Una bicapitalidad entre Madrid y Barcelona

En el marco del Foro 'Catalunya en EXPANSIÓN', el catedrático emérito José Álvarez Junco pidió un mayor rango institucional para Cataluña y recalcó que el futuro de la UE también se juega a nivel urbano.

​La crisis territorial no sólo afecta al Estado y a las autonomías, sino que tiene también una dimensión urbana. El futuro en España y en el resto de la UE pasa también por una mayor proyección de las grandes ciudades, según explicó en la decimosexta edición del Foro 'Catalunya en EXPANSIÓN' el catedrático emérito de Historia del Pensamiento y de los Movimientos Políticos y Sociales en la Universidad Complutense de Madrid, José Álvarez Junco.

Aunque la descentralización en España llegó demasiado “tarde”, el ensayista pidió profundizar en ella, y defendió una reforma constitucional que consagre una “bicapitalidad” entre Madrid y Barcelona, e incluso ir más allá y abrazar la “pluricapitalidad”.

Es un modelo que existe desde hace más de medio siglo en Alemania y también en la Unión Europea. Se da por descontado que Bruselas (Bélgica) es su capital, pero hay instituciones comunitarias que tienen su sede en otras ciudades, como Estrasburgo (Francia), Fráncfort (Alemania) y Luxemburgo.

Para Álvarez Junco, las ciudades son el “eje vertebrador” de Europa y también de España, y de ahí la importancia de que haya instituciones estatales no sólo en Madrid. Existe un precedente en el Estado: cuando el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero (PSOE) decidió ubicar la Comisión del Mercado de las Telecomunicaciones (CMT) en Barcelona, en 2004. En 2013, tras la fusión de diferentes organismos reguladores, Barcelona volvió a quedarse sin ninguna sede estatal. 

Aunque Álvarez Junco no citó en su intervención la experiencia de la CMT, consideró que la “bicapitalidad” o la “pluricapitalidad” contribuirían a “dar una sensación de Estado a todos”. “El Congreso puede estar en un sitio y el Senado o el Tribunal Constitucional en otro”, aseveró.

El historiador lamentó que la incapacidad de la clase política española de “crear un modelo político adecuado a la pluralidad cultural, económica y urbana del país”. Recordó que cuando se sentaron las bases del sistema político liberal, en el siglo XIX, la clase dirigente apostó por Madrid, emulando el modelo centralista francés.

Sin embargo, la capital española “no es París; su hegemonía cultural y económica no es tan evidente”, indicó Álvarez Junco. En este punto, el exsenador de CiU y ponente del Foro Carles Gasòliba recordó que tras la Segunda Guerra Mundial, Alemania también apostó por la “pluricapitalidad”, un modelo que mantuvo tras la reunificación. En la actualidad, su Tribunal Constitucional está en Karlsruhe (Baden-Wurtemberg), en el sur del país.

Álvarez Junco explicó que en el Estado se ha intentado construir un relato nacional español, y también el de los nacionalismos periféricos. Si estos últimos tenían un fuerte componente tradicionalista y rural a finales del siglo XIX, como refleja una de sus principales manifestaciones, el carlismo, tras la crisis de 1898 supieron transformarse e identificarse con la modernidad.

Si la burguesía catalana había sido uno de los principales apoyos a la hora de construir un único Estado nación, el español, a lo largo del siglo XIX, tras la pérdida de las últimas colonias en el Caribe y el Pacífico abrazó el nacionalismo. En 1901, se creó la Lliga Regionalista, partido hegemónico en Cataluña durante las primeras décadas del siglo XX. Algo similar ocurrió en Euskadi, con el nacionalismo vasco que teorizó el fundador del PNV, Sabino Arana.

“Ingeniería social”

Tras rechazar una solución “balcánica” basada en la desintegración y el colapso, Álvarez Junco pidió tener en cuenta que España, Cataluña, Euskadi o Galicia no dejan de ser ejemplos de “construcciones nacionales”, y por tanto, procesos “artificiales” de “ingeniería social”.

Frente a lo que pensaban los académicos hasta mediados del siglo XX, las naciones no son algo “natural” y “consustancial” al ser humano, sino una manera de organizar el espacio colectivo relativamente reciente. A partir de unas características sociales ya existentes, se perfilan una serie de elementos que caracterizan a un “pueblo”, que forma una “nación”, y que está llamada en última instancia a autogobernarse a través de un “estado” propio.

Dos contribuciones relataron el papel que tiene la economía en estos procesos. El catedrático de Historia Josep Maria Fradera recordó el papel de la presión fiscal a la hora de generar un sentimiento de comunidad entre gobernantes y gobernados. El profesor de la UPF José García Montalvo recordó que “los servicios públicos son mejores y se prestan con costes más eficientes a medida que el tamaño de un Estado es más grande”.

Sánchez Junco explicó que si las naciones fuesen “naturales”, “los nacionalismos no dedicarían tanto tiempo a construirlas”. Sin embargo, deben ser “creíbles”, algo que en su opinión no ocurre en todos los casos. Dos ejemplos son Padania (Italia) –que aglutina a regiones del norte que reclaman la secesión por motivos económicos– o un caso muy reciente que irrumpió tras el 21-D, Tabarnia, una propuesta de nueva autonomía en el sur de las provincias de Barcelona y de Gerona, y en el norte de la de Tarragona, donde el apoyo electoral del secesionismo es menor.

Álvarez Junco relató cómo ha evolucionado el concepto de nación en la modernidad. Si el filósofo ilustrado Jean-Jacques Rousseau sentó las bases del contrato social y de un espacio público compartido por todos los ciudadanos, en el siglo XIX este planteamiento evolucionó.

El romanticismo atribuyó a las comunidades “nacionales” una serie de características propias a nivel “racial, social, lingüístico, religioso o cultural” que la singularizaban del resto, y un “alma” de misterio y misticismo.

Su máxima aspiración era ser un Estado, a través del principio de las nacionalidades, que tuvo su cénit tras la Primera Guerra Mundial, y que impulsó el entonces presidente de los Estados Unidos, Thomas Woodrow Wilson. Se liquidaron los imperios alemán y austrohúngaro y aparecieron Estados-nación más pequeños, cada uno de los cuales aspiraba a aglutinar a los miembros de una única comunidad.

Se trazaron fronteras y tuvo que ser la población quien se adaptase a ellas a través de migraciones. Para definirlas, los ganadores de la Gran Guerra impusieron su criterio. Hubo problemáticas que entonces no se resolvieron, lo que evidenció que los Estados-nación no servían para poner fin a los conflictos en Europa. La Segunda Guerra Mundial, el fin de los imperios coloniales francés y británico y la globalización acentuaron la crisis de este modelo, aunque el número de Estados en Europa ha continuado incrementándose tras las desintegraciones de la Unión Soviética y Yugoslavia.

La evolución de la historia contemporánea permitió a Álvarez Junco concluir que no han sido los Estados-nación el eje vertebrador de la humanidad, sino los imperios “multiétnicos” –como Grecia, Roma, Egipto y la actual Unión Europea– y las ciudades-estado, como lo fueron Venecia y Florencia durante el Renacimiento. A ambos, hay que añadir los organismos internacionales, llamados a tener una mayor importancia en la toma de decisiones.

Obsoletas pero útiles

A nivel académico, Álvarez Junco recordó que el punto de vista sobre las naciones de los estudiosos de las ciencias sociales se ha transformado radicalmente, puesto que no se ven como algo “natural” al ser humano. Sin embargo, recordó que las naciones siguen siendo muy prácticas para las élites a la hora de articular un relato colectivo que contribuya a consolidarlas, y de ahí el título de su último ensayo, Dioses útiles, editado hace dos años por Galaxia Gutemberg.

Álvarez Junco recordó que la historia de España no sólo es un relato sobre cómo tuvo lugar un proceso de construcción nacional. Las ciudades han tenido un papel clave, explicó. Así, Madrid forjó la identidad española, y otras ciudades contribuyeron a asentar a los nacionalismos periféricos. “El catalanismo es un producto de Barcelona y el vasquismo, de Bilbao; en cambio, el galleguismo ha tenido dificultades” porque allí hay una red de siete ciudades que compiten por la hegemonía. Pese a que los nacionalismos siempre han enaltecido lo rural por encima de lo urbano, “las ciudades tienen un papel muy importante, ya que es en ellas donde se controla el territorio”, agregó.

“¿Barcelona como ciudad-Estado puede ser el futuro vertebrador de Europa y un camino para empezar a encontrar soluciones?”, se preguntó en el coloquio el presidente del Instituto Von Mises, Juan Torras. Carles Gasòliba recordó que la UE debería tener una clara dimensión urbana y ser algo más que una “unión de Estados que gestiona competencias” que le son delegadas y Álvarez Junco citó algunas de ellas, que son muy importantes, como “el control de las fronteras y la moneda”.

Álvarez Junco profundizó también en el proceso de construcción de la nación española. El matrimonio de los Reyes Católicos en el siglo XV dio lugar a una monarquía compuesta, y la derrota de los austriacistas en la Guerra de Sucesión consolidó un Estado centralizado, con la supresión de los fueros en la antigua Corona de Aragón. Esta tendencia se consolidó a finales del siglo XIX, cuando se derogaron los fueros vascos y navarros tras las Guerras Carlistas.

Álvarez Junco señaló que, frente a lo que señalan los historiadores que han abrazado el nacionalismo catalán, la unidad administrativa fue “buena” para la élite barcelonesa durante el siglo XVIII, puesto facilitó los intercambios y generó riqueza, lo que sentó las bases de la posterior industrialización y el auge de la burguesía.

A lo largo del siglo XIX, las élites dirigentes no fueron capaces de consolidar un proyecto político, como prueba el vaivén de regímenes políticos, constituciones, banderas, jefes de estado, gobiernos, símbolos y modelos de organización territorial. Ello facilitó el arraigo de los nacionalismos periféricos, a través de un proceso donde la economía también tuvo un papel clave. La crisis de 1898 aceleró el acercamiento de la burguesía barcelonesa al catalanismo moderno y la que empezó en 2008 ha consolidado el independentismo en términos electorales.

Álvarez Junco consideró que la “identificación” del franquismo con el nacionalismo español durante cuatro décadas contribuyó a dar “prestigio” al vasquismo y al catalanismo, y a que quedase en un segundo plano su origen conservador. “Las autonomías llegaron tarde y las élites periféricas se pusieron como objetivo tener un estado propio”, recordó.

Pese a este diagnóstico, aseguró que sigue siendo posible un modelo político que permita aunar la unidad y la diversidad, y de ahí su apuesta por una reforma constitucional. “Hay que resolver los problemas simbólicos y sentimentales”, aseguró Álvarez Junco, que pidió adecuar la Ley Fundamental a “la realidad existente”, mediante una clarificación de competencias y una nueva financiación.

En este último punto, el presidente de Unidad Editorial, Antonio Fernández-Galiano, señaló que hay límites: “Las cuentas tienen que cuadrar en Cataluña y también en el conjunto del Estado”. “Se me antoja un poco difícil ese ejercicio, que sin duda habrá que afrontar”, agregó. “En Cataluña, las cuentas no las tenemos claras”, apuntó el presidente de la Fundació Lluís Carulla, el ingeniero y empresario Joaquim Coello, sobre las diferencias entre el Estado y la Generalitat a la hora de calcular las balanzas fiscales. Por ello, Coello vio necesario un acuerdo global que permita abrir una nueva etapa que ponga fin a la actual confrontación y consolide la recuperación: “Debemos encontrar una estructura económica más favorable y compatible con vivir todos juntos”.

Derecho y burocracia

La constitucionalista Teresa Freixes señaló que, durante la modernidad, lo que ha dado “seguridad y legitimación a la historia y a las decisiones sociales” ha sido el derecho, algo que ahora debería ser tenido en cuenta. Antonio Fernández-Galiano puso en valor el rol de la burocracia como “expresión potente del Estado”.

El sistema autonómico “no quedó bien definido en la Constitución, y además, hay que estar negociándolo constantemente”, concluyó Álvarez Junco, quien recordó el papel cada vez más importante que tienen las instituciones internacionales. El funcionamiento de estas últimas ya no viene determinado por lo que piensen los jefes de gobierno de las naciones sino por los “imperios”, que en la actualidad ya no son ni el alemán ni el español ni el francés. Este papel lo ocupa ahora Unión Europea, que debe afrontar una serie de retos y desafíos que no conocen las fronteras estatales.