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Isabel Muñoz, en el 'stand' de EL MUNDO en Arco

Encuentro con la fotógrafa protagonista de la instalación del diario de información general de Unidad Editorial en la Feria Internacional de Arte Contemporáneo que se inaugura esta semana.

​Por Antonio Lucas 
 
Podríamos empezar por aquí: "La cámara es un objeto ritual". Habla la fotógrafa Isabel Muñoz (Barcelona, 1951). Lleva más de 30 años huroneando por los pliegues del planeta para encontrar aquello que solloza, lo que seduce, la suavísima realidad de hombres y mujeres, su abrupta verdad en mitad de lo entrevisto. "Con la fotografía he aprendido a ser yo. Y algo aún mejor: he aprendido a no decir no". Y de eso se trata. Mirar, pensar, sentir, retratar, entrar al fondo de las vidas por dentro y por fuera. Porque el hombre es un secreto guardado por las horas. Y eso lo sabe esta mujer. Esa sospecha es la bujía de su trabajo y el bálsamo de sus ideas. 
 
Hay que viajar más adentro de la vida para entender algunas biografías. Por eso Isabel Muñoz ha recorrido las mil distancias que la separan de otros seres y ha intuido las mil cercanías que nos emparentan a tantos pueblos. Su trabajo tiene en el cuerpo una poética propia, un filtro de luz, una búsqueda incesante y un hallazgo de lo insólito. Pero no sólo el cuerpo como espectáculo, sino el cuerpo como biblia, como idioma, como surco y como destello, como verdad y como origen.
 
Ha esperado 25 años, después de tanta senda recorrida, para recibir la señal de entrada en un territorio abisal, extraño, ignoto, en proceso de desaparición: la danza butoh de Japón, la más misteriosa del mundo. Un cuarto de siglo aguardando el acceso a los protagonistas de esta expresión corporal que tiene tanto de enigma como de desafío, donde los bailarines pintados de blanco se agitan y son sus rostros máscaras que ruegan. Y sus gestos tienen una ardorosa ley sin dios ni amo. Y se mueven en un espasmo de extrañeza y desamparo. De insumisión y de penumbra.  
 
"El ser humano no se agota nunca", dice Isabel Muñoz. Y nosotros la creemos. De aquel trabajo con los bailarines de butoh deja muestra ahora en el stand de EL MUNDO en Arco 2019. Un viaje a una galaxia tan bella como incógnita que ha llamado Cosmos y que une expresión corporal y denuncia. Fotografía y vídeo. Baile y agua. "El butoh no sólo es una danza, sino un movimiento sociopolítico que nace alrededor de la II Guerra Mundial y rompe con todos los protocolos sociales de Japón, empezando por las teorías de género, además de intentar contravenir el poder y desacatar con ciertas leyes estrictas que consideraban inaceptables en el siglo XX".  
 
Los bailarines de butoh fueron de los primeros en intentar zarandear la rigidez moral de la sociedad tradicional japonesa a través de la danza, con la que lanzaban desafíos como el de mantener sexo en público o el travestismo como reacción natural a los protocolos de la vieja tradición nipona. Kazuo Ohno fue uno de sus mejores intérpretes. Vivió 104 años y arrancó en el baile admirando a Antonia Mercé, La Argentina. Uno de sus hijos, Yoshito Ono, tomó el testigo de su aventura. Y a este último sí retrató Muñoz como quien intenta revelar la imposible verdad de un unicornio. «Mira qué belleza de cuerpo a los ochenta y tantos años. Qué fragilidad y qué contundencia», dice. "Hay algo líquido en esa forma de exponerse, de exhibirse, de moverse. En cada gesto hay un desacato, una ráfaga de deseo y un eco de memoria de algo muy remoto". Isabel Muñoz continúa fascinada por ese mundo donde el ser humano tiene algo de máscara que ruega y aúlla. "Este acercamiento me ha generado un entusiasmo que aún estoy canalizando. Volveré a ellos, a los bailarines de butoh, porque además es una tradición que está desapareciendo. Los bailarines de hoy están más conectados con la danza contemporánea que con el butoh, así que estamos asistiendo a la desaparición de una de las expresiones corporales más insólitas que conocemos".  
 
Nació como una danza muy expresiva, febril e irracional, que pretendía representar un dolor íntimo y espasmódico. Era el grito de rechazo al daño de un país después de los excesos de Hiroshima y Nagasaki. "Pero la realidad social japonesa de hoy no avanza por la senda en la que se fue desarrollando la emoción devastada que dio paso a la danza butoh".  
 
El taller de Isabel Muñoz, a esta hora de la mañana, es un surtidor de revelaciones. Las fotografías de gran formato de esta nueva serie de estampas se reparten en grandes mesas. Cada platinotipia es estudiada obsesivamente por la fotógrafa y su equipo. Cinco mujeres. Los bailarines de butoh están fijados en diferentes momentos de su trance. También bajo el agua.  
 
"La fotografía submarina ha sido una experiencia extraña y maravillosa", dice. Lo físico y lo místico se abrazan en unas imágenes donde una bailarina hace del plástico su canción y su combate. Un largo plástico que es tutú del mar, acorde de luto. Y, principalmente, denuncia. "Hace tiempo que buscaba hacer algo en fotografía con bailarinas debajo del agua. Alguien me habló de la invasión de plástico en el Mediterráneo y en todos los mares. Y la amenaza que eso suponía. El mar es la memoria de los pueblos y lo estamos arrasando. De ahí que una parte de esta serie de trabajos tenga que ver con la denuncia de una degradación". Esa figura de mujer envuelta en un tul de plástico bajo el agua es una forma de denunciar, de advertir, de señalar.
 
Isabel Muñoz toma posición en cada uno de los trabajos que asume. Pero no sólo le basta hoy con la fotografía. También busca las posibilidades de la imagen en movimiento para su aventura. Varios proyectores darán acción a algunas de sus imágenes dentro del stand de EL MUNDO. Una experiencia muy sensitiva en la que una de sus autómatas se irá revelando para el espectador según éste se acerque hasta la pantalla. "Vivimos a una velocidad inadecuada para detenernos a pensar", ataja. De ahí que junte fotografía con vídeo. De ahí esta apuesta por una nueva reflexión ante la imagen quieta. "La experiencia del que mira alcanza en este proyecto una intensidad muy especial".  
 
Desde que Isabel Muñoz presentara su primera exposición en Madrid a mediados de la década de los años 80, su aventura ha sido una exploración del cuerpo humano como habitante de la luz y sus rincones. El cuerpo como principio y como meta. El cuerpo como un espacio de vida y un secreto hacia la muerte. El cuerpo limpio y la anatomía concebida también como un mapa de experiencias que quedan sobre la piel fijadas. Desde los tatuajes de las maras de Guatemala a las pieles atravesadas o pintadas de algunas tribus africanas.
 
"Porque el ser humano es un enigma inabordable, pero nuestros cuerpos y sus movimientos ayudan a descifrar en ocasiones nuestras verdades", advierte. El cuerpo es un vehículo para hablar de nosotros. Unas veces hermoseado, como el de los bailarines; en otras ocasiones bastardeado, como en el caso de los niños y niñas sometidas a esclavitud sexual. Y en tantas ocasiones, el cuerpo como vehículo expresivo del hombre y sus quebrantos. El cuerpo que se mueve en lo que aún no es la noche.  
 
La esclavitud sexual de menores en el sureste asiático, el siniestro ritual de las maras, los grandes simios amenazados, los hermosos cuerpos del ballet en Cuba, las tribus atávicas de África. En cualquiera de las series de fotografías que trabaja Isabel Muñoz hay preguntas y una vocación de interpelarnos hasta lo incómodo. La belleza se vincula a la amenaza. Pero cuando uno se asoma a cualquiera de estas estampas no lo hace ni de víctima ni de verdugo. Quien se asoma a su obra está en posición del que viene de la noche y hacia la noche va. Indagando el talle humano en su vidrio de sangre.  
 
"Me interesa estar dentro de esa realidad que te implica, no de aquélla que sucede como un hecho ajeno", dice Muñoz. Esa vocación de que cada imagen sea una experiencia compartida empieza por ella misma. Una fotografía no es un souvenir, ni un recuerdo, ni un trofeo, ni una mercancía, sino la exclamación de algo que se ha visto de un modo concreto en un tiempo exacto y en un paisaje preciso. También desde una mirada que es una habitación propia. Al menos la fotografía que ejerce esta creadora.
 
Cuando entra a trabajar en una historia, la cabeza se le llena de voces. Igual en África que en Nueva Guinea. Igual en El Salvador que en Cuba. Igual en el taller lleno de gente que en una calle de Madrid.  El blanco y negro es otra casa más para Isabel Muñoz. Los matices están en las formas imprevistas, en la riqueza de grises, en la luz que lo absorbe todo. En lo oscuro que pide entrar más adentro en la espesura.  
 
La suya no es una obra ornamental, sino que desde el origen se instaló en el temblor de la belleza convulsa y en la exploración de la denuncia precisa. El último espacio de su espanto tiene que ver con el cambio climático y sus consecuencias. Pero no sólo. Prepara una serie (submarina) sobre la huella de la inmigración en el Mediterráneo. Y a la vez quiere explorar el deshielo de los casquetes polares, el naufragio del iceberg, la belleza amenazada de las grandes ballenas. "Es algo que me interesa desde hace muchos años, pero también soy una mujer paciente. Al final consigo las cosas que me propongo, pero no las acelero", apunta. "El asunto más importante que tiene pendiente el hombre, si pretende seguir avanzando, es el de atajar el cambio climático", exclama. "No se trata de vivir mejor, sino de generar una expectativa de vida duradera para nosotros y para los que vienen. Es un asunto gravísimo y no sé si colectivamente nos estamos dando cuenta de su importancia y del tiempo que estamos perdiendo en intentar poner soluciones eficaces".  
 
Y es que la fotografía, en su caso, no es un ponte ahí, sino un voy a ver. Y voy a ver qué somos. Por qué somos. Y para qué somos. Qué nos emparenta con el mono y qué nos distancia del salvaje. En qué se parecen todas las culturas. Hasta dónde los hombres participamos de una misma tribu alimentada de excepciones.  
 
En aquello que mira, Isabel Muñoz despliega un amor a lo que ve. Igual cuando observa a un muchacho lleno de crimen de las pandillas más peligrosas de Centroamérica que cuando se sienta a entender la realidad apaleada de una adolescente llena de daño por la explotación sexual a la que está siendo sometida. Lo mismo en un guerrero etíope que en una bailarina de puntas imposibles. "Es que yo necesito amar para lanzarme al mundo", informa. "Aunque eso me ocasione problemas. No puedo ser imparcial ante lo que veo. Cualquiera de las mujeres u hombres que fotografío podría ser yo. Aunque rechace a quien tengo delante de la cámara intento no odiar. Ni siquiera juzgar. Me limito a entender, a aprender a entender. Lo que sé del mundo es un regalo que me ha hecho la fotografía. Sigo descubriendo cosas y cada día más fascinada por aquello que aún queda por contar. Es una forma de educar y mantener la esperanza, que es otra de las emociones que estamos perdiendo en nuestras sociedades".  
 
Cosmos tiene ese relente de fe que prende en los trabajos de Isabel Muñoz, con el cuerpo y su danza como soporte. "Creo en las energías. Yo sí. Y es algo que también se aprecia en mi trabajo. No me refiero a un misticismo, pero sí a a un interés por captar de los seres aquello que hay más allá de ellos, o más a dentro. Y que nos impulsa. Y que nos determina".  
 
Al asomarse a tantas de las piezas de esta fotógrafa una extraña apelación llega al que mira. Algo así como un escuchad hacia dentro los ecos infinitos. Porque es hacia dentro como se mira, como se escucha, como se siente, como se arde, como se ama y como se muere. También como se llega a la fotografía.